Siete días en Islandia – Día 5

Y llegamos al día más hermoso de todos: el de los amaneceres increíbles,  el de los cielos violetas, el de los icebergs rosas, el de las playas salvajes en blanco y negro y el que contra cualquier pronóstico pudo superar en belleza el día anterior. En nuestro quinto día, tocaba ir desandando el camino recorrido, y ¿qué mejor manera de empezar el día que viendo de nuevo Diamond Beach y el bellísimo Jökulsárlón al amanecer?

Con el cielo aún oscuro salimos del hotel y paramos en la playa primero. Estuvimos solitos por un buen rato y ya, con el pasar de los minutos, fue llegando poco a poco más gente (no mucha)

La luz tenue del sol, la arena negra decorada con inmensos diamantes de hielo y una rica calma interrumpida solo por las olas del mar hicieron de este espacio el lugar perfecto (al menos por unos minutos) para conectar con este naturaleza indómita, recóndita y, por desgracia, cada vez menos virgen. La sensación de bienestar nos invadió al máximo a cada uno por separado y las ganas de NO irnos iban aumentando por segundo.

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Sin embargo, como suele suceder en Islandia, cuando crees que ningún paisaje puede superar al anterior, vienes y te topas con esto:

Amanecer en Jökulsárlón

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¿Habías visto algo similar? Nosotros ni siquiera podíamos imaginar un espectáculo de paisaje y de color así. Superó con creces cualquier fantasía posible. Te quedas mudo, sin que pueda salir ni siquiera un discreto “WOW”.  Continuamos, sí, pero con la mente anclada en el mejor amanecer que hemos visto nunca.

Dos horas y media después, estábamos en Reynisfjara, la famosísima playa negra de Vik. Nada más entrar, nos recibieron unas columnas hexagonales de basalto, llamadas Hálsanef y cuya altura asciende a los 66 metros. El blanco y el negro dominaba toda la escena: arena negra de origen volcánico, guijarros de basalto y columnas basálticas que contrastaban con el blanco de la espuma del mar y el gris claro del cielo.

Cuando llegamos hacía un tiempo desapacible, el aire soplaba con muchísima fuerza y era casi imposible caminar sin ser empujado por el viento.  Como pudimos, fuimos avanzando por el litoral como hipnotizados por lo salvaje de todo en ese lugar.

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Eso sí, hay que tener muchísimo cuidado por dónde se camina y, sobre todo, evitar estar cerca del agua. La marea se acerca a la costa con muchísima fuerza y puede arrastrarte con ella en fracciones de segundos. Es importante que este aspecto lo tomes muy en serio porque ya se ha cobrado varias vidas. Tampoco es plan de hacer la visita en modo paranoico, simplemente con ser precavido, basta.

Y, por supuesto, no podemos dejar de lado su archiconocida pared de basalto.

Y ya, un poco empujados por la lluvia y el mal tiempo, nos fuimos a conocer nuestro alojamiento de esa noche: una casita pequeña en medio de la nada, con todo lo que necesitábamos para cenar y pasar la noche. Alrededor estaban unas cuatro casas más que parecían haber sido hechas para fines turísticos también. Sin embargo, esa noche éramos solo Anto, un pastor alemán que nos dio una muy afectuosa bienvenida, la lluvia y yo.

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