Una vez concluido nuestro recorrido por los pueblos con encanto del sureste salmantino decidimos continuar nuestra ruta por Las Batuecas por su extremo más meridional, casi tocando la provincia de Cáceres. Con el tiempo muy contado porque se acababa ya nuestra escapada de dos días, decidimos aventurarnos por su zona más verde. De nuevo las recomendaciones de Paco, el regente de Posada las Madras, hicieron de las suyas y nos dirigimos hacia el Monasterio del Desierto de San José de las Batuecas. La entrada principal permanece cerrada al público aunque, paradójicamente, el monasterio ofrece servicio de hospedería.

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Siguiendo por el costado izquierdo del monasterio, nos encontramos con un camino estrecho y muy accidentado. Las raíces de los eucaliptos y los tejos junto al arroyo de las Batuecas van trazando la ruta, y cuando el camino se estrecha aún más, son las piedras las que se sumarán  al sendero que nos llevará al recóndito Chorro de las Batuecas.

Nuestra recomendación: llevar zapatillas adecuadas para hacer senderismo.

La dificultad del camino es baja para una persona acostumbrada a realizar cierta actividad física. Por el contrario, podría resultar un poco complicada en ciertos tramos de la ruta, para alguien que no esté acostumbrado o que vaya con niños pequeños. Pero en general, es un trayecto asequible, bonito y muy entretenido. La compañía del río te obliga a parar cada cierto tiempo, capturar una instantánea y refrescarte un poco.

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Después de recorrer los primeros mil metros nos topamos a la derecha con el Canchal de las cabras pintadas.  De los tres abrigos que se encuentran en esta zona, se dice que es el más bonito y completo. Se encuentra protegido con una valla metálica aunque, desafortunadamente, el “arte gamberro contemporáneo” parece haber dejado su impronta antes de la instalación de ésta.

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La subida a las Canchas de las cabras pintadas requiere de un esfuerzo extra. Sus escaleras estrechas y empinadas nos exigirán un último aliento para llegar al abrigo. Lo más probable es que esa subida no fuese tan complicada como la veía en ese momento, seguramente las bailarinas que llevaba y el cansancio acumulado, hayan afectado mi percepción pero la verdad es que me costó un poco llegar, pero para Antonio, por el contrario y para variar, no fue así =)

Sin embargo, y como recompensa al esfuerzo, desde lo alto del abrigo se veía una poza justo debajo: el aliciente perfecto para terminar el paseo. Agüita fresca en medio de tanto calor y solo para nosotros.

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El tiempo se nos acababa y ya no era posible continuar recorriendo los siguientes 3 Km que restaban para seguir viendo los dos abrigos restantes: el Canchal del Zarzalón y la Umbría del Cristo y, por supuesto, llegar a El Chorro. Pero si tú cuentas con esa suerte, te dejo un post que te ayudará a realizar el trayecto restante.

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Apurando ya los últimos minutos nos quedaba aún un sitio, recomendación de Paco, el del hotel,  que queríamos visitar: el meandro de Riomalo. Seguimos nuestro recorrido por unos 30 Km hasta toparnos con las Hurdes, ya en la provincia de Cáceres, específicamente en  Ríomalo de Arriba. Del meandro no había ni rastro, sin embargo, ya que estábamos ahí, decidimos visitar el pueblo casi deshabitado y con la mayoría de sus casas en ruinas. Pero que aún así, desprendía cierto encanto.

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Poco tardamos en darnos cuenta de que nos equivocamos de Riomalo, el del meandro es Riomalo de Abajo (pequeño descuido de nuestro Paco al omitir la ubicación del pueblo que nos tuvo de cabeza por durante unos cuantos kilómetros). Al final, ya muertos de cansancio y con la tarde cayendo, decidimos volver a Madrid. Y cuál fue nuestra sorpresa, que tan solo a 20 Km de Riomalo de Arriba se encontraba Riomalo de Abajo. Decidimos bajar del coche como un último intento de ver el meandro, pero éste se encontraba a unos 7 km. Ya no quedaba más que hacer, habíamos intentado todo para conocer este precioso paraje, pero es verdad que dos días se quedan cortos para visitar todo cuanto nos habría gustado. De todas maneras, nos fuimos con un agradable sabor de boca y con la excusa perfecta para volver…

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