Muchas dudas me surgieron antes de escribir este post. No sabía si conservar la experiencia de nuestra estancia en Kaleüçağız para nosotros o si compartirla con otros viajeros. Este sitio es como uno de esos tesoros con los que pocas veces te topas. Un sitio excluido por completo de las rutas de turismo de masa. Un regalo maravilloso de la naturaleza que el azar se ha encargado de obsequiarnos, así sin esperarlo, sin siquiera buscarlo.

Cuando estábamos diseñando el itinerario de viaje buscábamos un hotel que quedara cerca de Demre, donde se encuentra la Iglesia de San Nicolás (de Myra o de Bari según quien cuente la historia). Como  hacía unos años había estado en Bari visitando la Iglesia de San Nicolás y escuchando todos los rituales que siguen los italianos de esta zona en torno a este santo (casi todos enfocados a la búsqueda de pareja), me apetecía mucho conocer el otro templo erigido en su honor. Por su parte, para los cristianos ortodoxos, la Iglesia de San Nicolás de Myra en Turquía ocupa un lugar destacado en el mundo de la peregrinación. En fin, que me enrollo, que buscando y buscando, encontré un hotel que estaba a 13 Km de Demre y que se veía muy chulo.

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Así pues, después de nuestra mañana en Pamukkale emprendimos nuestro viaje hacia al mediterráneo turco. Paramos en Xanthos, antigua ciudad licia donde se encuentra la columna con el texto más largo escrito en licio que se conoce. A continuación, seguimos por la D400 durante una hora y media más hasta encontrar un discreto cartel que decía Üçağiz. Bajamos por una carretera muy estrecha y llena de curvas. No había nada alrededor que nos indicara que íbamos en la dirección correcta. Ya casi era de noche (4.30 pm) y el GPS se nos había quedado sin batería.  Después de 18 Km, llegamos a un pequeño pueblo. Nos recibió un hombre en la entrada preguntándonos en un inglés muy básico a dónde íbamos, y diciéndonos que debíamos pagar 10 LT por dejar el coche ahí. En ese momento no entendíamos nada. Estábamos buscando nuestro hotel y el señor solo nos decía: “boat, boat… call hotel”. Después de 5 min de una conversación que parecía no ir a ninguna parte, nos dimos cuenta de que teníamos que dejar el coche en el parking de ese pueblo y que debíamos llamar al dueño del hotel para que nos buscara en su bote. Como vimos que en el pueblo había varios  restaurantes en la orilla del mar, y como no sabíamos que nos íbamos a encontrar en el hotel: si tenía servicio de cena o no; si había algún sitio donde comprar algo para prepararnos algo para comer… decidimos cenar a las 6 pm en uno de los restaurantes para asegurar al menos que dormiríamos con el estómago lleno.

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La elección fue acertada, aunque ir al hotel a cenar también habría estado bien. Disfrutamos de una cena estupenda: deliciosos y diversos platos de mariscos preparados de diferentes maneras; vino; una serenidad absoluta y el mar, que tan solo estaba separado de nosotros por un suelo de madera. Los precios eran con diferencia más elevados que en la Turquía que habíamos visto hasta el momento. En el muelle, un montón de yates atracados. Pareciera que sus dueños recién los hubiesen dejado después de unas largas vacaciones de verano.

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Ya cenados, nos dispusimos a llamar al hotel donde nos íbamos a hospedar. Aún teníamos una gran incertidumbre sobre a qué distancia en bote estaría, cómo nos íbamos a mover si necesitábamos salir y de cómo sería. Al poco tiempo de llamar, el dueño del hotel vino a recogernos al embarcadero. Ya desde nuestra conversación telefónica desprendía una gran amabilidad y en persona, aún más. Una vez hechas las respectivas presentaciones, nos montamos en el bote y en menos de 10 minutos habíamos llegado.  Estaban en pleno servicio de cenas. El restaurante estaba compuesto por tres mesitas desnudas al mar, alumbradas con el tímido reflejo de las velas y ocupadas por visitantes traídos por barcos que ofrecen  tours organizados desde otros pueblos aledaños. Al final, en el hotel, nosotros éramos los únicos huéspedes esa noche. ¡Todo un privilegio!

Pero no fue hasta el día siguiente cuando nos dimos cuenta del paraíso al que fuimos a parar casi por error. Desde la terraza de nuestra habitación se podía apreciar cómo el sol empezaba a despuntar sobre las aguas del mediterráneo.

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Nos despertamos como a las 5.30am y ya a las 6 am estábamos fuera, expectantes acerca de lo que nos íbamos a encontrar . Subimos a lo alto de la bahía y descubrimos el Castillo de Simena, de época bizantina y con el teatro licio más pequeño que se conserva. Desde ahí, se puede disfrutar de las mejores panorámicas de la bahía, de la necrópolis y de los sarcófagos de la antigua Simena, y de lo que queda de la isla de Kekova.

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Solo cuando bajamos del castillo, nos percatamos de que había pagar una entrada de 10 LT pero como era tan temprano cuando subimos, la taquilla estaba cerrada, y seguía aún cerrada cuando bajamos, pero en ese momento sí que vimos la garita que estaba con los precios en la fachada. Bueno, ni modo, ya habíamos visto todo y gratis, ahora nos tocaba ir a desayunar.

Como comentaba al principio, si de algo pueden presumir los dueños de Sahil Pensión, además de tener una privilegiadísima ubicación, es de una vocación de servicio tremenda. La buena disposición fue un elemento constante durante nuestra estadía. Pues bien, cuando regresamos de nuestra excursión nos sentamos en una de las mesas que forman parte del comedor del hotel: solo tres y a plena orilla del mar. El fondo era idílico y el desayuno, de reyes. Nos sirvieron el desayuno típico turco, lleno de quesos, pan, pepino, tomate, huevo,  té…. comimos todo lo que quisimos y más… No dejaban de reponer comida a medida que íbamos terminando y como somos unos enamorados de la comida turca, tampoco poníamos mucha resistencia, a decir verdad…

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Sobre el hotel, me gustaría agregar que no es nada barato: unos 60 € la noche en temporada baja. En verano puede sobrepasar los 100€ fácilmente.  Las instalaciones no son para nada lujosas y aún así sientes que estás en el paraíso. Así que todo es relativo.  Los precios de los establecimientos de la zona rondan esta media.

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En teoría, se suponía que después del desayuno nos iríamos a Demre, a la Iglesia de San Nicolás. Pero teniendo ese mar esplendido para nosotros solos, ¿cómo nos íbamos a ir tan pronto? Preguntamos al dueño si había algún tipo de ruta en bote por la costa y nos dijo que él podía llevarnos. Luego por temas de reservas de última hora, nos llevó su sobrino en un pequeño yate solo para nosotros. El precio, una vez más, no resultó ser el principal atractivo; pero tampoco íbamos a escatimar. Era como nuestra segunda luna de miel (por no decir la primera).  Teníamos un yate a disposición durante tres horas para conocer Simena, una ciudad sumergida hace cientos de años en la costa turca, y la isla de Kekova, por lo que no íbamos a decir que no. Pagamos 300 LT por el paseo. Seguramente, podría haber sido más barato pero tampoco teníamos ni el tiempo ni la manera como desplazarnos por la bahía, así que nos fuimos sin pensarlo. ¡Y por supuesto que valió la pena!

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Paseo en yate por Simena y por Kekova

La ciudad de Simena, conocida hoy como Kaleköy, se fundó en el siglo IV a.C y sirvió como asentemiento de los pueblos licios, persas y romanos. Su importancia derivaba de la ubicación estratégica que poseía en la Bahía de Üçagiz, a la que solo se puede acceder por mar. Durante el siglo II, y como consecuencia de una serie de terremotos, la parte norte quedó parcialmente sumergida, dejándonos un paisaje impresionante a tan solo 4 -5 mts de profundidad.

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Enfrente, se yergue la isla de Kekova, con esa imagen protectora perenne de lo que hoy en día se conserva de la antigua Simena. Actualmente, es una isla ocupada exclusivamente por algunas pocas cabran que pastan en sus 4,5 Km. Fue disputada durante un tiempo por italianos y turcos, hasta que en 1932, una convención entre ambos países, se la otorgó a Turquía. En 1990, fue declarada zona protegida por el gobierno turco.

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Durante el paseo tuvimos la oportunidad de darnos varios baños y de conocer algunas partes de la isla. En el camino nos tropezamos con antiguos arcos, casas y a lo lejos, se divisaban también los sarcófagos de época licia que, a pesar del tiempo y de las embestidas de la naturaleza, aún se mantienen en pie.

Necropolis

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En la actualidad se permite el buceo excepto en las áreas donde se encuentran los restos de la ciudad sumergida

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Después de este extraordinario recorrido, terminamos comiendo un delicioso y recién hecho gözleme  y finalmente, con muy pocas ganas de irnos, emprendimos nuestro viaje a nuestro siguiente destino: la Iglesia de San Nicolás de Myra.

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2 Comments on “Simena y Kekova: tesoros escondidos del mediterráneo

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